El sueño y el aprendizaje

Suele creerse que el sueño es un proceso pasivo y rutinario que no merece demasiada importancia. Sin embargo, dormir es una actividad central para los seres humanos, que debería ocupar aproximadamente un tercio (¡un tercio!) de nuestras vidas. ¿Qué sucede durante el sueño? ¿Qué rol tiene en el aprendizaje? ¿Cuáles son las consecuencias de dormir poco? ¿Puede la escuela tener incidencia en los hábitos de sueño de los y las estudiantes?

¿Qué es el sueño?

El término “sueño” hace referencia al proceso completo que sucede mientras estamos dormidos, más allá de estar o no soñando. Se trata de una instancia de reposo en la que, sin embargo, el cerebro está sumamente activo. A diferencia del estado de vigilia, cuando dormimos se suspende el estado consciente, lo que conduce a una disminución de la interacción con el entorno.

El sueño tiene dos grandes etapas diferentes: la del movimiento ocular no rápido (conocida como NREM, por sus siglas en inglés) y la del movimiento ocular rápido (o REM, también por su sigla en inglés), que se reconoce porque, quienes duermen, mueven rápidamente sus ojos detrás de los párpados cerrados. Ambas fases se alternan entre sí y pueden repetirse entre cuatro y cinco veces durante la noche, si consideramos que una persona adulta duerme alrededor de ocho horas al día (Walker, 2019).

En la fase NREM tiene lugar un sueño profundo y reparador, en el que la presión arterial y las frecuencias respiratoria y cardíaca se mantienen bajas. Durante esta etapa se producen una serie de hormonas, como la hormona de crecimiento, así como también ciertos neurotransmisores que regulan la actividad del sistema nervioso y la de algunos factores relacionados con la inmunidad.

En la fase REM la frecuencia respiratoria y la cardíaca son irregulares, la presión arterial se torna variable, el tono muscular se ve disminuido y hay un aumento en el consumo de oxígeno. Si bien en la etapa NREM también hay sueño (aunque no son vivídos sino imágenes estáticas), las investigaciones muestran que en la REM se dan procesos asociativos y creativos que combinan y recrean ideas o información aprendida durante el día, generando los llamados “insights” o inspiraciones (Wagner et al, 2004).

¿Cuál es la relación entre el sueño y el aprendizaje?

Debido a los procesos que suceden mientras dormimos, se considera que el sueño es un elemento clave en la estabilidad emocional y en procesos relacionados con el aprendizaje como la memoria, la cognición y la orientación de la atención (el foco).

Si bien la adquisición del aprendizaje ocurre principalmente durante la vigilia, durante el sueño se lleva a cabo su consolidación mediante el fortalecimiento y reorganización de las conexiones neurales. Durante este proceso, los recuerdos se convierten en estables y pasan a la memoria de largo plazo (Wang et al, 2011). Esto sucede tanto en la etapa REM como la NREM del sueño, para distintos tipos de aprendizajes.

Numerosos estudios dan evidencias de esto: en ellos se enseña una tarea a un grupo de individuos, se evalúa su desempeño inicial y solo a una parte de ellos, seleccionada al azar, se les permite dormir (en algunos estudios una noche, en otros una siesta), mientras que los otros no duermen. Luego, se los vuelve a evaluar en la tarea inicial. En todos los casos, aquellos que pudieron dormir muestran mejores desempeños que los que no lo hicieron, revelando el rol clave del sueño en la consolidación del aprendizaje (Walker, 2019). Esto es cierto tanto para aprendizajes declarativos, vinculados con la adquisición de nueva información, conceptos y relatos, como para aprendizajes procedurales, relacionados con el modo llevar a cabo determinadas acciones físicas, como andar en bicicleta o practicar un deporte (Dehaene, 2019). Y no solo ayuda dormir por la noche. Si bien los períodos prolongados de sueño son claramente beneficiosos para la consolidación de la memoria, también se observan mejoras en el aprendizaje después de períodos cortos de sueño, como una siesta.

¿Cuántas horas hace falta dormir?

En la infancia, el sueño tiene un rol esencial en el crecimiento de los niños. Además de impactar en el desarrollo físico y cerebral, está vinculado con el desarrollo psicomotor, con los procesos de aprendizaje y con la regulación de su propia conducta. Por lo tanto, es de suma importancia organizar las actividades diarias de los niños en función de su edad y sus particularidades individuales, garantizando horas de sueño suficientes (Ojeda del Valle, 2011).

Para tener una vida considerada saludable, Morón et al. (2018) sugieren un promedio de cantidad de horas de sueño en función de la etapa de la vida en la que se encuentran las personas

¿Cuál es el impacto de la falta de sueño en el desempeño escolar de los estudiantes?

Hoy sabemos que la falta de sueño incide negativamente en el desempeño escolar y el aprendizaje en general de dos maneras fundamentales. En primer lugar, una persona con falta de sueño no puede enfocar su atención de manera óptima y, por lo tanto, aprende menos. En segundo lugar, la privación de sueño deteriora el proceso de consolidación de la memoria de aquello aprendido durante el día.

Pero además, los trastornos del sueño pueden provocar múltiples problemas: ansiedad, depresión, hiperactividad, irritabilidad, impulsividad y agresividad, así como problemas de respiración. Además, particularmente en los niños, su desarrollo psicomotor y su capacidad de aprendizaje pueden ponerse en riesgo (Ojeda del Valle, 2011). Esto claramente afecta su experiencia en la escuela y su rendimiento académico.

El estilo de vida de las familias influye notoriamente en la calidad del sueño alcanzada por los niños y jóvenes. Si no duermen lo necesario o no tienen establecida una rutina de sueño, los chicos pueden empeorar su desempeño escolar (Cladellas et al, 2011). Además, dicha calidad está también afectada por el tiempo de estimulación tecnológica al que están expuestos. Utilizados en forma excesiva y en altas horas de la noche, los aparatos electrónicos pueden causar desórdenes del sueño. Por un lado, porque nos 5 estimulan y eso disminuye la posibilidad de conciliar el sueño. Por otro, la luz azul emitida por dichos aparatos genera una disminución o retraso en la liberación de la melatonina (la hormona que indica al cerebro que es de noche y por ende que hay que ir a dormir), lo cual genera que nos dé sueño más tarde y por ende que, aunque queramos, nos resulte muy difícil poder dormir (Alvarenga et al, 2018).

En el estudio mencionado de Goldin et al (2020), los investigadores encontraron que un buen predictor de desempeño escolar es la “alineación” entre el horario interno o el “cronotipo” (la tendencia natural a ser más matutino o más vespertino) y el horario en el que concurren a clases. Así, los alumnos que tienen tendencia a estar más alertas y activos durante la mañana (con un cronotipo denominado de “alondras”), mostraron mejor rendimiento académico cuando iban al turno mañana, en comparación con los denominados “búhos”, de preferencias más vespertinas), y viceversa. El estudio muestra que cuando el cronotipo y el horario escolar coinciden (están en sincronía) los adolescentes duermen mejor (en cantidad de horas y en horarios más estables entre días hábiles y fines de semana) y obtienen mejor rendimiento académico.

Cansados, los adolescentes pueden experimentar una mayor inestabilidad emocional, con una tendencia al enojo, la tristeza y el miedo, así como problemas de comportamiento (Rodríguez de Ávila et al., 2018). Además, pueden encontrar dificultades para transitar su escolaridad. En efecto, la somnolencia resulta un problema ante las tareas repetitivas y monótonas que muchas veces se llevan a cabo dentro del aula, puesto que impide la concentración y la retención. También es frecuente que quienes duermen menos de lo necesario lleguen tarde y falten mucho a la escuela (Dawson, 2005).

Ideas para la acción

*Establecer rutinas de sueño desde la primera infancia, para lograr que los chicos internalicen horarios y rutinas ordenadas.

*Promover hábitos de sueño saludables desde la escuela, haciendo énfasis no solo en la educación del estudiantado sino también en la alianza con sus familias.

*Compartir recursos audiovisuales e informativos acerca de la importancia del sueño en reuniones de padres y madres, en la materia “Salud y Adolescencia” u otras similares.

*Armar un diario de sueño con los estudiantes en el que registren a qué hora se despiertan y se van a dormir, sus actividades previas a acostarse, sus eventuales alteraciones en el sueño y otros datos relevantes que les permitan tomar decisiones para mejorar su propia calidad de sueño.

*Impulsar a los educadores a registrar y comunicar las señales de falta de sueño que puedan mostrar los alumnos.

*Cuando sea posible, modificar los horarios de entrada excesivamente tempranos de las escuelas secundarias.

Fuente: Furman, M.; Larsen, M.E. e Insúa, I. (2020). El rol del sueño en el aprendizaje. Documento Nº13. Las preguntas educativas: ¿qué sabemos de educación? Buenos Aires: CIAESA.

Revisión: Andrea Goldin, Laboratorio de neurociencia, UTDT y CONICET.

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